domingo, 3 de agosto de 2008

BLANCA LI: Poeta en Nueva York

Terminaban ayer en Granada las representaciones de "Poeta en NY", versión coreográfica de la obra lorquiana realizada por la compañía de Blanca Li. Desde su estreno en el verano pasado ha cosechado un gran éxito de crítica y público, sumando una gran cantidad de espectadores que han disfrutado de esta obra en los jardines del Generalife y en el teatro nacional de Chaillot en París.
La obra adapta de una forma magistral el espíritu vanguardista con que Lorca dotó a su poemario, combinando lo surrealista con lo crítico, lo particular con lo universal.
Dotada de un ligero hilo argumental, la coreografía de Blanca Li, merecedora del premio Max en la última edición, combina diferentes estilos de danza, desde el flamenco al hiphop, enmarcados en una escenografía espectacular de imágenes, agua e iluminación, que producen distintas sensaciones en el espectador.
Destacan en la obra cuadros como el del viaje, en el que los bailarines recorren el escenario en aparente desorden con maletas en las manos y la cabeza, o como el de las escaleras, que muestra el impacto que produjo en Lorca el capitalismo salvaje del New York del 29.
Mención aparte merece la aparición de bailarines ensangrentados que chocan contra muros que van manchando de rojo y la posterior purificación bajo una inmensa catarata de agua, quizás el momento más llamativo de la representación.
En general, una obra completa, variada, llena de matices.
Si hubiera que destacar algo negativo, quizás el número del music-hall, que se completa con la lectura de "New York (Oficina y denuncia)", uno de mis poemas favoritos de todos los tiempos. Creo que este poema no es el más apropiado para la coreografía, ya que no se muestra en absoluto el espíritu atormentado de los versos ni el enfrentamiento entre naturaleza y civilización.




NEW YORK (OFICINA Y DENUNCIA)
Federico García Lorca

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna;
un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
He venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, cantando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles
en la patita de ese gato quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio,
yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

1 comentario:

Lupe García dijo...

Resulta difícil para cualquiera adaptar este poema a una imagen o una actuación. Esa rabia, violencia y desgarro entre animales no necesita imágenes, a no ser que hieran la sensibilidad humana y animal.
(¿Como va tu odisea?.Te hemos echado de menos)