domingo, 5 de abril de 2009

LAS DUDAS DE BERNARDA

Sarah Higdon, "The merry widow"



LAS DUDAS DE BERNARDA
David Hidalgo Vernalte

Yo también he nacido para el luto,
para labrar en piedra las entrañas,
para el callar crispado de los dedos
que se aferran con fuerza a la costumbre.
Yo también me levanto cada día
y descubro el clamor de cerraduras
que desatan las fieras de la culpa,
y descubro el abrazo de los muros,
arrogantes, viriles animales
arañando la cal con las pezuñas,
con los cuernos febriles de sospecha.

Yo también era joven. Y adornaba
mi pecho con encajes, con macetas
los balcones; y andaba por los huertos
y los ríos, cambiando por requiebros
las miradas, las sonrisas por besos.
Yo también tuve un novio, una guitarra,
y era tan joven, dios, era tan joven
que florecían dobles mis pezones
y mi piel despertaba a la mañana
pregonando granadas primaveras.
Y era entonces domingo cada día.

Pero llegó el cuchillo de las lenguas,
el clamor del murmullo en los balcones
y los hombres sentados en la plaza
deshojando entre naipes mi desdicha,
cantando las cuarenta entre rumores.
Y yo era fuerte, fuerte como el agua
vestida de diluvio, como el aire
retando al vendaval, como la flor
que brota para coronas de muerto.
Y yo era fuerte, sí, pero los días
arrastraban mi sangre a los talones.


Y las calles mordían mis tobillos
arrastrando mis pasos al sereno
escondite que habita tras los muros,
al abrigo de espinos que duerme en las paredes.
Levanté mi prisión de cal y canto,
hice del tiempo puntos de ganchillo,
telarañas bordadas con esmero
nudos para tensar las ataduras
del enredo sutil de la memoria,
la voraz tentación que cuando viene
de puntillas, se va con pies de plomo.

Y vinieron después los matrimonios,
con su lastre de anillos y hojas secas,
y la vida decente de casada,
la misa los domingos, las sábanas planchadas,
la preñez y sus mínimas mordazas,
el dolor primitivo de los partos,
convertidos en carne y corazones de palo,
cinco llagas de madera, como bestias
nacidas con la muerte en las mejillas,
rendidas, condenadas a la doma,
bajo el yugo invernal de mi regazo.


¿Y si arranco los cerrojos?
¿Y si visto de verde mis duelos y quebrantos
y hago lenguas de mis dedos,
convidando la carne a la caricia?
¿Y si la vergüenza cae de bruces
para encontrar el sur perdiendo el norte,
para sacar las aguas de su cauce
y calmar la sed,
lamiendo las ascuas peligrosas del deseo?
¿Y si arranco los postigos,
para beber del cielo el agua luminosa,
para tirar por la ventana
la casa y sus herrumbres,
para tentar al tiempo con nuevos acertijos,
para buscar los labios de la boca del lobo?


No. Los dedos serán dedos. Los labios
serán labios. Estas cuatro paredes
serán mis cuatro puntos cardinales.
¿Y si me falta el aire?
Morderé la labor del abanico.
¿Y si me falta el agua, que brota tentadora de las fuentes?
Volveré a la mecánica del pozo.
¿Y si canto, y grito, y quemo la garganta?
Vendrán las guillotinas del silencio.
¿Y si ...?
Silencio, silencio he dicho. Silencio.